sábado, 15 de julio de 2017

LA CHICA DE LAS FOTOS, 0,94€



No sé cuánto tiempo durará la oferta, porque de hecho no tenía conciencia de que este mes La chica de las fotos fuera a estar de oferta, pero el caso es que esta mañana la he encontrado en Amazon a 0,94€ en el formato digital. Pulsa el enlace para llegar a ella.



Si eres de papel, por menos de ocho euros la tienes en casa. Pero si la quieres en este formato, date prisa: queda un ejemplar. Justo al pulsar ese enlace la puedes encontrar.



¿Por qué os la recomiendo?

En primer lugar, porque está bien escrita. Eso para mí es esencial, así que cuando escribo una novela pongo mucho trabajo y mucho esfuerzo en que el resultado esté muy trabajado. Sí, no os fiéis de un comentario que tengo en el .com de Amazon: trabajé y mucho la novela. Tanto que quedé finalista en un certámen al que se presentaron más de 400 novelas, y no gané porque tuve la mala suerte de que Mayelen Fouler se presentara al mismo con En Tierra de Fuego, una novela preciosa que se llevó ese premio con todas las de la ley.

También os la recomiendo.

En segundo lugar, porque cuenta una historia de amor con un trasfondo interesante: el mundo del cine, la prensa del corazón, los montajes, los robados...y las mentiras que nos venden. Al final, quien las protagoniza es el último que se entera, igual que pasa en lugares pequeños, en lugares como Grimiel, el pueblecito de la novela.

Por cierto, Grimiel no existe, aunque se parece mucho a algún pueblo que conozco.

En tercer lugar, por los personajes. Sobre todo alguno que parece una cosa al empezar, pero que acaba demostrando que la imagen que damos muchas veces no se corresponde en absoluto con la realidad.

Y, por cierto, los secundarios no acaban siendo los protagonistas al final. Quizá es que al principio no se nos ha escapado que alguno de ellos es quien ha provocado, de alguna manera, que Lucía y Alberto acaben en Grimiel, que este conozca a Rocío, que la boda se vaya al garete...

No os cuento más.

Por menos de un euro podréis descubrirlo por vosotros mismos.

viernes, 14 de julio de 2017

EL INESPERADO PLAN DE LA ESCRITORA SIN NOMBRE DE ALICE BASSO


Portada de la edición de Círculo de Lectores, que es la que he leído yo.


Portada de la edición normal (mexicana).


Sinopsis:

Ponerse en la piel de otro puede considerarse un don preciado... O una carga insoportable. Gracias a su empatía, Silvana había conseguido trabajar en una editorial de Turín como negro literario, un oficio desconocido para el gran público que la había llevado a escribir grandes éxitos comerciales por encargo. No le molesta, ni siquiera le importa.
Es su trabajo.
Incluso cuando un sagaz comisario le pise los talones, involucrándola en una desaparición, Silvana demostrará su poderosa capacidad de filtrarse en la mente ajena.


Mis impresiones:

Reconozco que vi en la portada la palabra escritora y ya me paré. Después leí que se trataba de un negro literario e hice el pedido de Círculo sin mirar más allá. ¿Por qué? Pues porque igual que hay niñas que sueñan con ser princesas o con trabajar en Zara, u otras más listas que prefieren hacerlo con ser neurocientíficas, yo soñaba con escribir y, cuando crecí un poco, no me dio por pensar en fama o focos encima de mi cabeza. ¡Qué va! Yo quería ser negro literario. De hecho, durante un tiempo todas mis búsquedas en internet se centraban en encontrar un lugar donde quisieran contratarme como tal.

Así, sin currículo ni nada.

No se me ocurrió que ser negro literario tiene que mantenerse en secreto. ¿Cómo vas a poner un anuncio en la red? Bueno, ahora hay de todo, pero cuando yo estaba obsesionada con buscarme la vida con esto estábamos todavía en el siglo XX e internet iba a pedales.

No encontré ni una sola oferta de empleo.

El caso es que la novela me interesó desde antes de saber más de ella y la compré. Me llegó a casa a la vez que Patria y me decanté por esta. La dejé en la mesilla y ahí se ha pasado varios meses, porque más libros se le han ido colando.

Y porque tenía miedo.

De verdad, pensaba que tal vez me había precipitado y no me iba a gustar y postergaba el momento a propósito. Al final, cuando al fin he decidido cogerla, no me ha durado nada entre las manos. Ha cubierto todas mis expectativas y voy a darle un lugar especial en mis recuerdos lectores.

Voy a intentar decir por qué.

Primero, por la trama. Mezcla una historia propia de una novela policíaca con multitud de referencias literarias (Pepe Carvalho, el mítico detective creado por Manuel Vázquez Montalbán se cuela entre sus páginas).

Segundo, el personaje protagonista, Silvana Sarca, Vani. Me ha encantado la manera de caracterizarla, a través de su extravagante manera de vestir y, sobre todo, de su forma de expresarse, entre cínica, irónica, descreída... Tiene un pasado que pesa mucho, pero la manera de contarlo es tan divertida que aporta ligereza en la novela. Me he reído un montón de veces con ella.

Tercero, porque el verano pasado escribí una novela donde el protagonista es un negro literario. Vale, como yo al final no conseguí escribir para otros, pensé que era una buena idea inventar una historia en la que uno de mis personajes lo consiguiera. Me salió más atormentado que esta y menos atractivo, pero está en fase de borrador, así que aún tiene arreglo. Creo. Si algún día me apetece volver a él.

Cuarto, por la historia de amor. Que no lo es, en realidad, que es solo una excusa de esas que nos valemos los juntaletras para ganarnos a algunos lectores y después contarles lo que nos da la gana. Riccardo Randi será su oponente en esta parte de la novela, un escritor muy atractivo, autor del libro más vendido Más recta que la cuerda de una guitarra, el libro más bello del mundo, ¿Autor? Bueno, sí, de las frases, del sabor de las palabras, pero de poco más, porque fue Vani quien encontró el hilo conductor, organizó la historia y convirtió unas cuartillas dispersas en un bestseller. Él se lo pagó no dándole ni siquiera las gracias, ni siquiera regalándole un ejemplar dedicado del libro... Sin embargo, algo sucede cuando se vuelven a ver. Y bueno... que de esto mejor no cuento más, porque tiene miga. Y no todo es rosa, no os asustéis.

Quinto, por el comisario Berganza, que es como todos los comisarios de todas las malas novelas negras. Incluso va vestido con la típica gabardina, pero al final creo que el homenaje que estaba haciendo la autora a este arquetipo acaba dando como resultado un personaje entrañable.

Sexto, por los dos cambios de giro. Me encontré pensando: "pero qué buena idea", más como escritora que como lectora, porque no me los esperaba en absoluto. El segundo un poco más, pero el primero no. Me pilló totalmente descolocada. Volvía de Valladolid en el coche, leyendo, como siempre (debo de ser de las pocas personas que se marean en el asiento de detrás siempre y en el de delante puedo leer horas seguidas) y cerré el libro, para saborear un rato, mientras miraba el paisaje, aquella fantástica idea para hacer que todo lo que había contado Alice Basso hasta el momento sufriera un cataclismo.

Séptimo, por el final. Me ha parecido muy acertado. No voy a explicar nada de esto. Entendedlo, es el final. Se llama Deus ex maquina. No digo más... pero estoy diciendo mucho, como en realidad nos lo dice la autora cuando pone este título.

Octavo, por el epílogo. A mí no me hacen falta los epílogos. A veces, sobre todo en la novela romántica, donde se abusa de ellos, no me dicen absolutamente nada. Te cuentan lo que fue de los personajes unos años después y se limitan a un fueron felices, comieron perdices y tuvieron varios hijos. ¿De verdad es imprescindible que me cuenten esto? Yo creo que o hay algo más, o ¿para qué? Bueno, pues en este caso hay un algo más que me ha gustado. Y no me lo he saltado. No he leído en vertical. Nada de eso. Hubiera seguido leyendo un rato más.

Noveno, la división de la novela en capítulos no demasiado extensos y un epílogo. No hay prólogo, no hay un número redondo. Es un poco caótico y bastante poco rígido. Me ha gustado que haya usado las palabras justas que necesitaba, los capítulos que le hacían falta. Ni más ni menos. Ah, y los ha titulado todos.

Décimo, el sentido del humor. Me he reído un montón de veces.

Conclusión: me ha fastidiado mucho que la novela use una protagonista que se dedica a lo mismo que la de la mía, porque encima lo ha hecho mucho mejor de lo que lo haría yo en cientos de miles de años.

Es un homenaje a la literatura, un juego de espejos con lo mejor y lo peor de la construcción de novelas y los sótanos del mundo editorial. Juega con tópicos, arquetipos, compone a la vez que descompone y todo a través de la mirada de una escritora muy particular.

No tengo ni idea de si está en tiendas, no me he fijado. Tendré que mirar con más atención.

domingo, 9 de julio de 2017

BUSCANDO A AUDREY, DE SOPHIE KINSELLA.



Sinopsis:

Desde que sufrió un terrible episodio de acoso en la escuela, Audrey, de catorce años, se niega a dar un paso fuera de su hogar o a relacionarse con nadie que no sea de su familia. Las gafas oscuras y la capucha de la sudadera se han convertido en sus mejores aliadas. Hasta que conoce a Linus, un compañero de videojuegos de su hermano mayor y experimenta una fuerte conexión que despierta en Audrey el intenso deseo de salir de su caparazón… Un largo viaje acaba de empezar. Por suerte para ella, Audrey no tendrá que emprenderlo en solitario. Cuenta con la inteligencia de su psicoterapeuta, con el cariño de su familia, con el ingenio y el humor de Linus. Pero, por encima de todo, cuenta consigo misma.


Mis impresiones:


No tenía ni idea de lo que me iba a encontrar cuando empecé a leer esta novela. Estoy tan acostumbrada a reír con Sophie Kinsella, que incluso a pesar de la sinopsis esperaba hacerlo. Y no es que no me haya reído, que sí, pero la novela me ha dejado un poco descolocada.

A ver si me explico mejor, porque me temo que nadie se está enterando de lo que estoy tratando de contar. Rebobino…

Soy fan de Sophie Kinsella. Cada vez que la vida me hace una putada, me voy a la estantería y releo alguno de sus libros. Al cabo de un rato de empezar la lectura, como si fuera magia, me encuentro riéndome como una idiota de las tonterías que les pasan a sus personajes. Casi todos tienen un componente surrealista que me encanta, ese humor inglés que a veces es un poco extraño, pero que cuando le pillas el punto te tiene con una sonrisa boba entre los labios.

Tengo tres mega favoritos:

Tengo tu número.

No me lo puedo creer (malísima traducción de Can you keep a secret, mucho más acorde con la historia).

La reina de la casa (la reina de las novelas de esta mujer para mí, hay veces que no necesito ni abrir la novela para reírme con algunas frases que recuerdo).

Loca por las compras no me gustó especialmente, no sé por qué, igual porque comprar no es mi actividad favorita y no le pillo el punto. Por eso tengo muchos de ellos ahí, en los pendientes. Cualquier día me los compraré e iré renovando repertorio.


Buscando a Audrey fue una compra para tener más donde elegir en la estantería en un momento de esos tontos en los que la risa es la mejor terapia. Solo que no me fijé mucho en la sinopsis, solo leí el nombre de una autora en la que confío a ciegas y me lo regalé sin más.

Ha sido una sorpresa mayúscula.

Entre esos personajes tan estrambóticos que ella dibuja siempre se cuela una historia de acoso escolar. Arranca en un momento divertidísimo, cuando la madre de Audrey amenaza con tirar por la ventana el portátil de su hijo mayor, Frank. La madre, asidua lectora de Daily Mail, está obsesionada con que su hijo juega demasiado LOC un videojuego. Está dispuesta a acabar con eso que ella considera una adicción. Son esos momentos en los que, a través de los diálogos, vamos conociendo el carácter de los personajes: Frank, un adolescente que siempre tiene la palabra justa (Audrey dice que podría ser abogado de mayor), Chris, el padre, que va a un poco a remolque de Anne, una mujer que está un poco de los nervios, obsesionada con ser buena madre. Y Félix, el pequeñajo de la familia, de cuatro años, un muñeco feliz de pelo rubio algodonoso al que Audrey envidia porque no tiene preocupaciones en la vida.

Y ella, claro, que se oculta tras unas gafas de sol, porque no puede soportar la luz del mundo después de lo que le ha pasado.

Entonces, la novela da un salto atrás en el tiempo y nos cuenta cómo han llegado a esta situación, para que la madre quiera tirar el ordenador de Frank por la ventana. No ha pensado ni siquiera en que cuesta una pasta. Poco a poco la autora, a través de situaciones a veces un poco surrealistas, nos irá acercando a lo que le ha pasado a Audrey.

Y entonces viene lo que no es gracioso.

Ha sabido ponerse en la piel de una adolescente acosada, o al menos mostrarnos sus emociones que en algunos momentos me han resultado muy realistas.

"Me estoy perdiendo tantas risas... A veces me hago ilusiones de estar acumulando una buena provisión de risas perdidas que, cuando me recupere, saldrán todas en un estallido y me dará un enorme ataque de risa que me durará veinticuatro horas seguidas."

No sé cómo explicar todo lo que he sentido con esta novela. He visto a Audrey subir y bajar en esa gráfica confusa que es la recuperación de alguien que está metido en una depresión. Me ha encantado el personaje de Linus, el amigo de Frank, que acaba convirtiéndose en alguien muy especial para Audrey y es un pilar esencial en el inicio de su recuperación. La historia de amor entre estos dos personajes adolescentes es muy tierna ("Me encantas tú".) Y me ha parecido muy acertado el que no fuera todo de color rosa, que la autora no haya tirado de azúcar sino de realidad para retratar esto. El momento con Izzi, una de las acosadoras, la actitud de sus padres queriendo convertirla en víctima principal... 

En ningún momento nos especifica qué es lo que le hicieron a Audrey. Solo hay vaguedades y no estoy segura de por qué ha hecho esto, si se ha saltado esta parte para que la novela no pierda esa parte de humor o porque no ha sabido cómo abordarlo. En serio, no he llegado a ninguna conclusión.

Es dura, es loca, imaginativa pero con los pies pegados a la realidad, por mucho que la maquille de buen humor y le ponga unas gafas oscuras para que no haga tanto daño.

Me ha parecido original ese tratamiento de documental, cuando a Audrey le dan la cámara para que grabe todo lo que le rodea. 

No la leáis si no estáis en un buen momento, esta no es como las otras, no escojáis esta novela si esperáis que sea solo para reír un rato y no pensar mucho en la vida, porque os vais a equivocar. Pero si no le tenéis miedo a la realidad.


sábado, 8 de julio de 2017

CEMENTERIO DE LIBROS

"Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados"

Así empezaba La sombra del viento, el libro de Zafón que se convirtió en uno de los libros en español más traducidos de todos los tiempos. En este mágico lugar, escondido en una oscura calle de Barcelona (hice la ruta en 2007 y la guía nos llevó a una puerta donde podría estar la ubicación de ese cementerio) se encuentran recogidos todos aquellos libros que han sido extraviados u olvidados por sus dueños a lo largo de la historia de la humanidad. Allí están, a la espera de que alguien que los lea, los disfrute y los rescate de su olvido.

Esta mañana, hablando con mi amiga escritora, María José Moreno, ha dicho que Amazon se parece cada vez más a un cementerio de libros. Lo más triste es que tengo que darle la razón. Yo misma tengo unos cuantos cadáveres en ese cementerio.

Ocho, para ser precisos.

Espero que algún loco los rescate del olvido, que es la última de las muertes.



jueves, 6 de julio de 2017

UN CAFÉ A LAS SEIS DE PILAR MUÑOZ



Sinopsis:

«No menosprecies el poder de la imaginación, también puede destruirte». Raquel se dispone a acudir a una cita de compañeros de promoción organizada por su amiga Lourdes después de 25 años, aunque en el fondo siente que no debería ir; una parte del pasado, que no la ha dejado vivir en paz, podría estar esperándola en el hotel donde tendrá lugar la celebración. Ansía ese encuentro tanto como lo teme. Porque aquello de lo que ha estado alimentándose a lo largo de su vida podría dejar de ser real. O atraparla para siempre. Unas veces, no podemos huir del pasado. Otras, no deseamos escapar de él.

«Un café a las seis» es una historia intensa, emotiva, reflexiva, visceral. Una historia escrita con el corazón. De las que te hacen sentir.


Sobre Un café a las seis:

Había escrito una entrada muy currada y muy profesional, una reseña de las mías, de las que incitan a leer, pero Pilar Muñoz me ha hecho cambiar de idea con una foto que ha publicado en Facebook. Es una fotografía con la portada del libro, un "gracias por todo" y los nombres del equipo fijo de lectores cero que nos prestamos apoyo mutuo cada vez que publicamos un trabajo.

Ya lo sabéis, he sido lectora cero.

Quizá eso me convierta en alguien poco objetivo a la hora de recomendaros la lectura de esta novela, pero lo voy a hacer porque creo en ella y porque quienes se asoman a mi espejo saben que si no creo absolutamente en algo, no lo digo. Mis compromisos en este mundo de la escritura los deshice hace muchos años. Conmigo tampoco los tiene nadie, solo quien crea en mí y tenga ganas de contarlo. Como yo, en este caso, creo en la novela que nos trae Pilar.

Esta historia partió de un relato que permanece inédito, un relato que tras escribirlo se le quedó corto. Ella tenía ganas de contar muchas más cosas, así que poco a poco fue madurando la idea y un día se lanzó a la piscina. Es un perfecto ejemplo de lo que algunos autores decimos, que muchas veces los personajes reclaman su espacio y no nos dejan tranquilos hasta que contamos la historia que nos susurran.

Pues con Raquel le pasó esto. Le pidió más páginas, más atención, y ella se la dio. De relato pasó a novela y es lo que ahora nos presenta. Desde hoy está en Amazon, lista para que la descarguéis y además participa en el concurso de este verano. La verdad es que esto le da un punto un poco más divertido a la aventura, aunque añade un extra de dificultad. No en vano, en cada concurso que ha organizando la plataforma se apuntan miles de novelas y atinar con las que tienen calidad es casi tan complicado como dar con una aguja en un pajar.

Os hago de imán, que así las agujas se encuentran enseguida, y os digo que esta novela se disfruta muchísimo, dura un suspiro y deja un excelente sabor de boca. Y no tengo miedo a comprometer mi palabra porque estoy segura de lo que digo. Ya lo veréis vosotros si os decidís a leerla.

Un café a las seis cuenta el reencuentro de Raquel con un antiguo amor tras muchos años en los que no supieron nada el uno del otro. Conoceremos el presente de la protagonista y también, a través de esa reunión de compañeros de clase, su pasado, la historia que marcó su vida y que no ha conseguido olvidar. No creo que sea necesario contar mucho más porque como os digo es una novela corta. Solo os adelanto algo que los que conocéis a Pilar no necesitáis que os recuerde: está tan bien escrita, te arrastra tanto, que es posible que os pase como a mí, que en una tarde os veáis en las últimas páginas, preguntándoos cómo demonios ha hecho para teneros delante del kindle, o del libro, sin hacerle caso al mundo.

Yo tardé en leerla un solo día. Como autora siempre tengo una sensación ambivalente con esto, puesto que me lleva mucho tramar la historia, escribir el primer borrador, destrozarlo para darle la forma definitiva que quiero y, después de todo esto, que me lleva meses, corrijo hasta la extenuación. Y el lector, en una tarde, llega y se merienda mi trabajo. Pero también es mágico conseguir que alguien no quiera dejar de leer lo que tú has escrito, ¿no?

Lo dicho, que os la recomiendo, que es ahora el momento de hacerse con ella y hacerle un hueco. Os la vais a beber.




miércoles, 5 de julio de 2017

SÍ, PARA TI...



Es probable que no tenga mucho que ofrecerte. Quizá un sitio en mi corazón, uno que no habrás de compartir con nadie porque te lo cedo entero si te acurrucas a mi lado y me susurras historias bonitas por las noches. Ahora que lo pienso, tengo para ti un hombro en el que descansar cuando lleguemos rendidos del trabajo. Y mis manos, que esperaran impacientes un roce de las tuyas. Mis ojos también te los prestaría para que veas el mundo con mis colores, pero como no funcionan bien, he aprendido a pintar con palabras. Y lo he hecho para ti. Sí, para ti.

lunes, 3 de julio de 2017

ARAÑAZOS EN JULIO

Me estaba acordando de la primera vez que me di un golpe con el coche. La verdad es que siempre he sido muy lenta para todo, para lo bueno y para lo malo, y tampoco con esto fui una niña precoz. La primera vez que le hice un arañazo al coche tenía ya 25 años.

Como todas las primeras veces, la recuerdo con bastante nitidez.

Era un día de diario y yo me encaminaba al trabajo. Hacía tiempo que mi Opel corsa verde (horroroso) había cogido la insana costumbre de dejarme tirada, así que mi padre me dejó su coche, (un Volkswagen Passat nuevecito que además era TDI y gastaba bastante menos combustible) para que recorriera la Alcarria en mi fascinante trabajo de contar farolas y revisar el estado de las carreteras sencundarias, las redes de saneamiento y distribución de agua y los consultorios médicos de pueblecitos perdidos de la mano de Dios. No preguntéis qué clase de trabajo era este, yo tampoco tengo muy claro que alguna vez le dieran utilidad a mis pesquisas, pero el caso es que entre la Diputación y el Ministerio de Administraciones Públicas me pagaron por hacerlo. Y yo lo hice lo mejor que supe.

El caso es que me fui al garaje, arranqué el coche, salí de la plaza con todo el cuidado del mundo y me encaminé a la rampa (trampa mortal) que un arquitecto iluminado puso como salida del garaje. Una rampa en curva y tan empinada que parecía que ibas a volcar hacia atrás cuando subías. Hice la rutina de todos los días: le di al mando mientras estaba abajo, esperé a que se izara la puerta y después subí. No era plan quedarse esperando en medio de la rampa a que terminase la puerta de abrirse. La luz del día se reflejó en la pared y supe que podía empezar a subir.

Aceleré.

Y entonces, sucedió.

Otro iluminado, esta vez conductor de un coche blanco, lo había dejado aparcado justo en la puerta del garaje. No, no subí como una loca y le di, si es lo que estáis pensando, me dio tiempo a ver el coche y a tomar la decisión de parar. Y la puerta, por supuesto, empezó su descenso.

Tampoco me atrapó la puerta, tuve los reflejos de dejar caer un poco el coche para esquivarla.

Simplemente, me quedé ahí, en mitad de la rampa, sin saber qué hacer. Minutos y minutos de angustia, con el pie en el freno, sudando como una posesa, bloqueada porque no tenía ni puñetera idea de cómo salir del atolladero. ¿Dejaba el coche en plena rampa, con el freno de mano puesto y me iba a buscar al dueño del coche blanco? ¿ Volvía a la plaza y ese día me lo tomaba libre del trabajo alegando que no podía salir del aparcamiento? ¿Me ponía a gritar? ¿Lloraba?

Hice esto último, presa de los nervios.

Al rato, como algo había que hacer además de llorar, que no solucionaba nada, decidí volver a la plaza de aparcamiento. La única manera era hacerlo marcha atrás, algo que presentaba una doble o triple o cuádruple dificultad. Primero estaba mi escasa pericia. No era buena idea. Segundo, que estaba en cuesta, y tenía que maniobrar hacia abajo. Uf. Siguiente, que tenía que dar una curva. Madre de Dios. Última de las dificultades: no había luz. Tenía que hacerlo a oscuras, solo con la tenue luz de la marcha atrás...

Lo intenté.

Intenté volver hacia la plaza de aparcamiento, pero lo único que conseguí fue dejarle al coche de mi padre una súper huella en todo el lado izquierdo: las dos puertas acabaron con las huellas de mi torpeza en la chapa porque me tragué la pared. Eso sí, pude soltar al fin el freno.

Y llorar a mis anchas.

No sé cuándo se me ocurrió darle al mando para intentar salir, pero cuando lo hice el atontado del coche blanco ya no estaba. Pude abandonar el garaje y me fui al trabajo de mi madre (al de mi padre primero no me atreví, pero no porque me fuera a decir nada -se descojonó de risa de mí cuando se enteró, él era así- sino porque siempre me costó muchísimo no ser perfecta a sus ojos).

A ese primer percance con el coche han seguido otros similares. Por suerte nunca me he dado con nada en movimiento en mis casi 30 años de conductora, pero las pobres columnas de los garajes y hasta una hormigonera portátil de esas pequeñitas que hay en las obras han sufrido mi torpeza. Mis coches llevan todos huellas mías (al último ya le han borrado hace poco el golpe que le di con el carrito de la compra, que también soy capaz de hacerles muescas sin ni siquiera poner el culo en el asiento del conductor). Ya han sido tantas veces que cuando me doy, me río.

Es que no lo puedo evitar. Los arañazos del coche son un poco como los que te va dando la vida. Al principio, aunque sea muy leve, aunque no haya pasado nada, hacemos una tragedia. Después, con el tiempo, aprendemos que el mundo no se cae por eso, que sigue girando y que todo lo que se puede reparar, se repara. Y lo que no, se sustituye por otro. Y si no tiene sustituto, aprendemos a vivir con el arañazo y punto.

 Aprendemos que no hay manera de esquivarlos aunque pongas todo el cuidado del mundo.

Los meses de julio tienen una particular afición por llenarme de arañazos. Año tras año le he ido haciendo muescas a otra carrocería, la de mi corazón. Es un mes de pérdidas, decepciones, tropezones... de los que he ido aprendiendo. Quizá este mes me toque hacerle un arañazo al coche o a mi corazón, pero no será la primera vez.

Será solo una muesca más.

Una con la que aprenderé a convivir. Seguro.

domingo, 2 de julio de 2017

EL PUERTO DE LA LUZ DE JANE KELDER

Antes de empezar, tengo que contaros que esta lectura pertenece a una iniciativa muy bonita emprendida por HarperCollins Ibérica: el libro viajero.

¿En qué consiste?

Varias autoras y una bloguera nos vamos a ir pasando este ejemplar de la novela ganadora el V Premio HQÑ y en él anotaremos impresiones, subrayaremos frases... en realidad todo lo que se nos ocurra. Pero claro, el espacio que te deja un libro es muy limitado, así que tenemos también una libreta en la que podemos extendernos aún más. Tanto el libro como la libreta terminarán su recorrido en manos de Jane Kelder, la autora, que a su vez anotará sus propias impresiones.

Al final, libro y libreta se van a sortear.

A mí me ha tocado ser la primera, así que me he movido un poco a ciegas y he hecho más o menos lo que me ha dado la gana. Como un pequeño adelanto os voy a mostrar algunas de las hojas de la libreta.



Mi color era el verde y los marcadores y las notas que he puesto en el libro son de ese color, aunque es evidente en los dibujos que he empleado otros colores, sobre todo el negro. La verdad es que es una novela que se presta mucho a dibujar y a hacerlo con calma, porque es muy visual, pero no nos podíamos extender más allá de quince días y yo empiezo a trabajar mañana, así que tenía que acabarla sí o sí hoy, para que me dé tiempo a pasársela a la siguiente. 

Espero con impaciencia para ver en las redes las notas de mis compañeras, o las fotos que hayan ido haciendo de la novela viajera. Yo he hecho algunas fotos que he colgado estos días.










Sinopsis:

Natalia tenía que decidir entre dos hombres y el agradecimiento o el amor.

El Puerto de la Luz es un viaje en el que se mezclan la huida y la búsqueda. ¿Cuántos nombres necesita una persona para saber quién es y desenterrar su origen? ¿Qué motivos llevan a esa persona a hacerse pasar por alguien que no es?

Nathalie Battle, Nathalie Lindstrom y Louise Fairley son la misma mujer en busca de respuestas: quién es, quién cree ella ser, quién piensan los demás que es. El camino en busca de su identidad la llevará a Gran Canaria, donde Natalia también encontrará el amor y la libertad de ser ella misma.


Mis impresiones:

El puerto de la luz es un homenaje a la isla de Gran Canaria y una época que, al menos para mí, ha resultado ser bastante desconocida: cómo era a principios del siglo XX.

La novela comienza en un frío día de marzo en Londres, con la muerte del señor Lindstrom, al que la protagonista ha considerado siempre su padre. Su abuela le dice a Nathalie que en su lecho de muerte, su hijo le ha confesado que ella no es hija suya, sino de un español de Canarias, y la abuela, que nunca ha sentido mucho cariño por la muchacha -no se parece en nada a su hijo, sino que tiene rasgos españoles- la echa de casa, prohibiéndole hasta usar el que ha sido su nombre toda la vida.

De la noche a la mañana, Nathalie se encuentra en la calle, sola, sin dinero y sin saber qué hacer. Empiezan tiempos duros para ella que, lejos de mejorar, cada vez van más. Cuando ya se ha rendido, cuando le da igual morir, la encuentran dos viejecitas que la cuidan y le consiguen un trabajo de dama de compañía para una mujer acomodada, aunque algo fría, la señora Cunningham. Estando allí, lee sobre las islas Canarias en un libro de Olivia Stone y cuando la mujer enferma y viene su hija a encargarse de ella, decide que se irá allí. Quiere investigar quién es su padre.

Para cuando Nathalie toma esta decisión es julio de 1902. Es una vuelta a nacer.

En Southampton  conoce a William Nordholme por accidente y él la introduce en su grupo de amigos, confundiéndola con alguien acomodado. Un equívoco lleva a otro y acaba comprometida con él, un hombre que le dobla la edad  -que piensa que se llama Louise Farley- y al que podría considerar casi más como un padre, pero que le ofrece la posibilidad de viajar a Canarias, que es lo que ella desea. Una vez allí, tropezará con Dan Nordholme, el hijo de William, por quien siente una atracción instantánea. Él también siente lo mismo, pero empezará a desconfiar de ella. No entiende por qué una mujer tan joven quiere convertirse en la esposa de alguien de la edad de su padre. 

O eso se dice, porque al joven Dan le pasa algo más con Lou, o Nathalie, o Natalia...

La novela destaca por su amplia documentación sobre la isla de Gran Canaria de principios de siglo XX. Aparecen los lugares más emblemáticos y por ellos veremos moverse a los personajes. Las costumbres inglesas, el contraste con los autóctonos canarios, sirven a la autora para ambientar esta historia de amor y búsqueda, puesto que Natalia aunque esté tratando de encontrar a su padre se acabará encontrando a sí misma.


Lo que me ha gustado menos es que a veces el narrador me anticipaba datos clave sobre la trama que me hubiera gustado que me dejase descubrir a mí, que no me contase determinadas cosas, dosificando un poco más la información. Quizá en algunos momentos las sorpresas hubieran sido mayores.

Os recomiendo la novela porque es un viaje doble: un viaje hacia las islas Canarias, pero también un viaje en el tiempo. Nos hace retroceder un siglo y nos ofrece un perfecto mosaico de cómo era la isla en ese momento. 

Sentáos, ponéos cómodos y cerrad los ojos un instante, lo justo para imaginar el mar. Abrid los oídos y escuchad el rumor de las olas. Y, si estáis atentos, igual podréis hasta oler la sal en el aire. No olvidéis dejar que la brisa cálida de Canarias os acaricie la piel y degustad esta novela.

Es una buena opción para el verano.

jueves, 29 de junio de 2017

QUÉ DICE DE TI LO QUE TÚ DICES DE TI




Soy muy fan de las autobiografías de la gente en Twitter. En unas pocas palabras tienes que definirte para que los demás sepan algo de ti y decidan seguirte o no. Puedes optar por dejarlo vacío, si es que no se te ocurre nada, piensas que no tienes nada interesante que aportar al mundo o solo estás ahí para charlar virtualmente con tus amigos, pero también puedes buscar una manera de atraer seguidores si tu perfil es, de algún modo, profesional.

O si buscas convertirte en un influencer, "profesión" de los tiempos modernos para lo que no te piden ni la ESO ni nada.

Pero no solo lo que pongas en tu perfil dice algo de ti, también, y mucho, lo que compartes con los demás.

Al principio de abrir mi perfil en Twitter estaba muy perdida. Puse dos o tres tontunas sobre mí (que no incluían escritora, en esa época me tenía prohibido hablar de mí con esa palabra aunque ya hubiera publicado varios libros). Hice lo que me sugería la aplicación, seguir a unos cuantos famosos (ahora me explico por qué tienen tantísimos seguidores), a periódicos... no me acuerdo demasiado bien, pero sé que sin criterio. Sin embargo, cuando fui encontrando gente que conocía decidí hacer un barrido y quité a todos esos famosos que no me aportaban nada, saqué los periódicos y me centré en las pocas personas que conocía.

Inactivas.

Era un rollo, así que me dediqué a buscar otras. No le veía mucho más uso a Twitter que matar el tiempo en la sala de espera de la consulta del médico, que se hace muy pesado y a veces no tienes la cabeza como para ponerte a leer un libro.

Decidí seguir a gente que ponía en sus biografías cosas divertidas.

Deduje que, por una regla de tres simple, compartirían cosas igual de divertidas.

Recuerdo a uno de los primeros y la razón por la que lo seguí. En esas pocas palabras, destacaban unas para definirlo: "primo del Richard". La carcajada que me hizo soltar se la premié con ese seguimiento, que me imagino que debo mantener porque no recuerdo haberlo quitado.

Luego, cuando empecé a leer que Twitter era básico del todo para ser un escritor y el apoyo mutuo era imprescindible para ser alguien, seguí a escritores.

Muchísimos.

Casi todos, como yo, encontraron en Twitter una herramienta utilísima para promocionar sus libros. Y eso hacían, una y otra vez,

una y otra vez,

una y otra vez,

una y otra vez,

una y otra vez...

Aún tardé en darme cuenta de que ese no es el camino, ni siquiera si intercalas libros de otros en la asfixiante promoción. No era el camino porque, si a mí no me aporta nada lo que comparten esas personas, ¿les va a aportar a ellas algo de lo que ponga yo?

Volví a hacer otra regla de tres simple y me salió que no.

Rotundo, redondo, contundente o como queráis, es más cada vez me provoca más rechazo. Es como si siempre te dieran de comer el mismo plato, sin variar ni uno solo de los ingredientes. Acabas más que harto, aborreciéndolo.

Empecé a usar esto de otro modo, a medir los tuits de promoción y a obligarme a que no fueran lo único que contuviera mi perfil, ni siquiera lo más importante ni lo que más ocupase. Empecé a mirar Twitter de otro modo. Igual que me lo exigí a mí, se lo empecé a exigir a los demás. No quité a nadie, me limité a seguir solo a aquellas personas que me pareció que podrían aportarme algo y a quienes no los dejé ahí. Aunque no leo sus tuits. En serio, los paso rápido y ni me paro, seguro que alguna vez me salto algo de vital importancia, pero bueno, podré sobrevivir.

Lo que hice es quedarme (mentalmente) con quien aporta CONTENIDO y son a los pocos que leo, que me paro, que decido si le doy a me gusta, me río, reflexiono o no.

Me quedé con quien comparte enlaces de algo interesante con lo que pueda aprender (aunque de vez en cuando me ponga promo de sus libros, en esos casos no me importa), con quien de vez en cuando comente una noticia o una tontería que se le ha pasado por la cabeza. Con quien hay un feedback mínimo que me haga saber que no soy un número más en su perfil. Con quien me aporte algo.

Ah, muy importante, silencié a todos los haters. Esos que tienen una opinión agresiva sobre todo lo que sucede en la vida, que convierten un incendio en una conspiración, una muerte en un linchamiento... Esa gente, la puedes callar y dejar que hablen solitos.

Me encanta esa función, es infinitamente mejor que bloquear.

Me quedé solo con cuatro gatos que maullan despacito, que me dan los buenos días, las buenas noches (oye, la buena educación, eso que se está perdiendo en este mundo, cómo se agradece), quienes me cuentan algo que es interesante y quienes, en definitiva, me merecían la pena. Lo que comparten dice mucho de quienes son y quiero gente así que me rodee.

Los egos inflados, los odiadores por oficio, los faltos de imaginación, los aburridos... lo siento, pero los dejo para otra vida.

Si eso.

Esto solo es un juego. Lo importante de verdad, siempre, siempre, siempre, está detrás de la pantalla.

miércoles, 28 de junio de 2017

EL ÚLTIMO BAILE DE MARISA SICILIA



Sinopsis:

Viena, 1952.

Andreas y Lilian se reencuentran inesperadamente en un café tras una larga separación. Mientras pasean juntos por el Prater, Lili recuerda su historia de amor con Andreas, su enamoramiento incondicional y juvenil, el primer desengaño, el fracaso en su intento de olvidarlo, la reconciliación y los años locos que vivieron juntos en el salvaje Berlín de entreguerras. Recuerda cómo, a pesar de las separaciones y las distancias, nunca dejaron de amarse.

Porque el de Lili y Andreas es uno de esos amores que perduran a través del tiempo y las pruebas.

Porque las verdaderas historias de amor nunca terminan.


Mis impresiones:

Me encanta Marisa Sicilia. Me da igual lo que me cuente, tanto si es una historia ambientada en el lejano Oeste, como una novela contemporánea que transcurra en el Madrid de nuestros días, o en un lugar remoto en tiempos medievales o como esta, en la primera mitad del siglo XX.

Sabe escribir.

Sabe transmitir.

Con muy pocas palabras, con inicios que no necesitan fuegos artificiales para conquistar, consigue sumergirte en la historia que se proponga y lo hace con una narrativa de las que envuelven. Sencilla, pero no simple. Elegante, sin necesidad de utilizar palabras altisonantes. Dulce, aunque a veces no evite la crudeza en sus historias cuando es necesaria.


En El último baile, nos cuenta la historia de amor de Lili y Andreas.

La novela arranca una fría tarde de principios de octubre en 1952 en Viena. Lili ha vuelto a su ciudad desde Estados Unidos, donde vive desde hace más de una década con su hija Eliza, por un tema de herencia, y cuando está tomando un café en una terraza del Prater escucha una voz a su espalda. Solo es su nombre con tono de pregunta. El propietario es Andreas, el amor de su vida, al que lleva muchos años sin ver, que la ha reconocido a pesar de que está de espaldas. Y es que es tanto lo que comparten Lili y Andreas que solo necesitan sentir su presencia para saber que el otro está cerca. Deciden dar un paseo por la ciudad de su infancia y entonces es cuando Lili empieza a recordar todo lo que vivieron.

La novela comienza in extrema res. Tanto este primer capítulo como el último transcurren en 1952, una vez que el mundo se ha recuperado de la Segunda Guerra Mundial y ambos, Andreas y Lili, tienen encarriladas sus vidas por separado. El reencuentro, el paseo juntos cogidos del brazo, propicia que los recuerdos que comparten se abran paso y será eso lo que los lectores conozcamos en la novela.

Lo que Lili recuerda.

La narración entonces da un salto hacia atrás en el tiempo, a 1921, la época en la que ambos no son más que apenas unos niños, pero desde ese momento ya sabremos que los sentimientos entre los dos existen. Unas vacaciones en Miramare son el inicio de su historia, pero a partir de ahí, nada será sencillo. Es una relación de idas y venidas, en la que ambos cometen errores, pero donde se palpa siempre la pasión entre los dos, el amor profundo que ninguno es capaz de esquivar en cuanto se tocan.

Cada capítulo está titulado pero no numerado. Son de una extensión irregular y se cierran, aunque Marisa siempre deja caer algo para que sigas pasando página, para que no detengas la lectura.

Los personajes son muchísimos, sobre todo porque la novela abarca un largo período de tiempo. Vamos a conocer a las familias de los protagonistas, a sus amigos y todo el entorno en el que, de vez en cuando, reconoceremos a algunos personajes que han formado parte de la Historia. A todos Marisa les pone pinceladas de un pasado, aunque aparezcan muy poco. No se queda en los rasgos físicos, sino que más bien se centra en contextualizarlos para que sirvan de apoyo a los principales. Evidentemente es en ellos, en los protagonistas, en los que recae todo el peso de la trama, pero no deja de lado los secundarios. Esos matices que incluye son importantes para redondear la novela. Entre estos personajes, ha habido uno que me ha gustado especialmente: Ernst, el marido de Lili. Su evolución, el cambio ante los ojos del lector me ha encantado. Hay otro, Mark, el americano que trabaja en la embajada estadounidense en Berlín, que me ha gustado, pero que creo que sería mucho más redondo si hubiera tenido una historia más potente a sus espaldas.

Creo que es lo único que puedo decir de la novela que no sea absolutamente positivo (de la narrativa ninguna pega, creo que es perfecta). Me ha faltado que Mark tuviera más papel, no sentimental, sino alguna trama secundaria más enlazada con la Historia. Creo sinceramente que haría todavía más grande a la novela.

Es preciosa, una novela en la que el foco está puesto en la historia de Andreas y Lili, pero enmarcada en los sucesos que marcaron a fuego la historia de Europa en el siglo XX. Los felices años 20, la crisis del 29, los años de la República de Weimar, el ascenso del partido nazi... son utilizados por la autora para convertirse en el marco perfecto.

Os voy a contar una cosa que quizá sorprenda: no me he saltado ni una palabra de la novela. Ni una sola.

A veces, sobre todo cuando llego a las escenas de sexo entre los personajes de las novelas románticas, me las voy saltando (salvo que las esté corrigiendo). Lo he dicho siempre, no me gustan. No he conseguido nunca entender esta moda de contar con detalle todos y cada uno de los encuentros sexuales de los personajes desde un punto de vista visual. Sin embargo, Marisa Sicilia me ha invitado con gentileza a leerlos sin dejar pasar ni una coma, ni una preposición, ni un adverbio... porque es toda elegancia. Y porque he encontrado lo que busco en la literatura: emoción, sentimientos, conexión de almas, que sea una metáfora la que me erice la piel, una imagen evocadora y no una simple fotografía enfocada de dos cuerpos. Sé que soy un poco pesada con esto, pero es en lo que creo.

Creo en las palabras, en las novelas que están hechas de ellas y no a base de fan arts.

Las que dentro de cinco años, si te apetece volver a leerlas, porque te dejaron una huella que es imposible conseguir solo describiendo la realidad con calidad de cámara fotográfica.

Os invito a danzar al ritmo de un vals con Marisa Sicilia.

Sé que no os decepcionará.


lunes, 26 de junio de 2017

HACE 20 AÑOS, LA LITERATURA SE LLENÓ DE MAGIA. Aniversario Harry Potter.

Hoy, 26 de junio, se cumplen 20 años desde que la editorial  Bloomsbury sacó a la venta la primera de las novelas de la saga, Harry Potter y la Piedra Filosofal.


Los créditos que aparecen en la fotografía son los del libro que tengo en casa. Está en inglés y costó 5,99 libras. Tiene una imagen diferente a la que conocimos en España, cuando fue editado por Salamandra. Lo único que tienen en común ambas portadas es que son horrorosas, de esas que seguramente que si alguien de mucha confianza no te recomienda el libro, no se te ocurriría cogerlo en la tienda.



Por fortuna, a pesar de la portada, a pesar de que solo salieron unas 500 copias de la primera edición, el pequeño mago convenció casi de inmediato y fue todo un fenómeno literario. En mi entorno ha sido capaz de convertir a muchos niños en ávidos lectores, muchos cuyo primer encuentro con un libro largo fue precisamente una de las historias de Harry. Eso, para mí, ya le da un valor incalculable a las palabras de J.K. Rowling.



Se cuentan muchas cosas del difícil comienzo de esta novela. La primera, que una docena de editoriales rechazaron el manuscrito de la autora, incapaces de intuir el impresionante potencial de una historia en la que la realidad y la ficción son capaces de convivir.

Recuerdo cuando la empecé a leer, veía a un niño maltratado que, de pronto, encontraba su lugar en el mundo. Aparte de la magia, claro.

Al éxito de esta primera novela le siguió la película, las demás novelas de la saga que eran esperadas por millones de seguidores en el mundo (yo misma las leí en inglés, incapaz de esperar los seis meses que tardaban en traducirlas al castellano), una obra de teatro, exposiciones, parques temáticos... Harry Potter es una máquina de hacer dinero, pero me quedo sin duda con los sueños que despertó en montones de personas.

Porque, quizá a mí, también me despertó. Llevaba mucho tiempo sin escribir, postergando algo que había hecho toda la vida, pero que los años de Universidad frenaron por razones obvias. Leer estos libros fue convencerme de que podía volver a intentarlo. Sabía lo que disfrutaba escribiendo, inventando y me permití volver a soñar yo también con algo que había vetado para mí de manera inconsciente.

Así que hoy, estoy de celebración.

Las gafas ya las llevo todos los días, tengo una cicatriz (en una ceja) desde que era pequeña, así que solo me falta una varita (quizá un boli sirva) y puedo empezar a hacer magia.


sábado, 24 de junio de 2017

¿LLEGA LA NOVELA ROSA A LA UNIVERSIDAD?

Ayer compartían en Facebook un artículo muy interesante acerca de la novela romántica actual. El tema ha sido tratado en un seminario de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.  Arrancaba con el siguiente titular:



Reconozco que lo empecé a leer con recelos, porque estoy hasta un poco más allá de la punta de la nariz del término rosa para definir a este género. La misma RAE sé que lo emplea, pero también han aprobado el uso de la palabra almóndiga. Entre eso y la tilde desaparecida de solo me demostraron que son humanos y pueden errar.

En grupo y todo.

La RAE define esta novela así:

1. f. Variedad de relato novelesco, cultivado en época moderna, con personajes y ambientes muy convencionales, en el cual se narran las vicisitudes de dos enamorados, cuyo amor triunfa frente a la adversidad.

Simplifican mucho. Además, en la calle, digan lo que digan, rosa se emplea como un despectivo.

Empecé a leer y me gustó lo que decía, que hay novelas nuevas en las que se ha detectado un cambio de giro, donde ya no se pone el acento en el sometimiento de la mujer al hombre, desmontando estereotipos. En el seminario se anima a las editoriales a seguir ayudando a desarticular viejos patrones machistas. Es una buena idea, que la literatura influya en la sociedad y lo haga para mejor.

Sin embargo, más adelante, se entrecomilla una frase que me hizo suspirar:

"Cuando pensamos en novela rosa pensamos que es algo que no tiene mucho valor..."

Me jode, me jode muchisimo, pero es la puñetera verdad. No se considera de valor escribir novelas de este tipo, el resto de autores te miran con pena, algunos lectores no paran de recomendarte que dediques tu tiempo a otros géneros con más caché, que te van a proporcionar a ti como autora una posición mejor valorada.

Porque, la segunda parte de esa frase, aunque sea muy importante, apenas la consideran.

"... yo creo que ocurre lo contrario, porque, si hablamos de cultura popular, de una cultura que tiene más alcance, este tipo de textos llega a más gente y eso implica que sus mensajes pueden influir entre un espectro de público amplio".

Eso es lo que yo creo también.

Sin embargo, tengo que decir algo que me llena de dolor: no estamos preparados. Las editoriales son negocios y si sigue habiendo gente que venera fenómenos como las famosas sombras, que pone por encima de la historia el sexo que atrae a determinado lector que no busca nada más, seguirán publicando eso. Seguirá habiendo novelas sonrojantes y, como hay tantas publicadas, no va a haber manera de separar el grano de la paja.

Está pasando igual en la música. Hay canciones muy reinvindicativas, pero triunfa el Reggaeton, con sus mensajes machistas. ¿Qué va a poner por delante un productor, el futuro de la humanidad o el aumento de su cuenta bancaria?

Seamos realistas...

Nos queda mucho por andar, mucho por educar para que esto cambie y que lo que cuenta este artículo deje de ser lo que me parece: una rareza. ¿Sabéis que ni siquiera hay un listado fiable y veraz sobre autores de romántica de este país? Hay listas, es verdad, pero solo se sale en ellas dependiendo de los amigos que se tenga. Ni siquiera influye el curriculum, los premios ni, por supuesto, eso tan subjetivo de medir que se llama calidad literaria.

Es una pena, no me va a dar tiempo a saber quién sí y quién no en este género, a menos que la universidad se ponga las pilas desde ya y cunda el ejemplo, porque para estas cosas siempre es el tiempo el mejor filtro y no creo que me queden años de vida suficientes para verlo.






miércoles, 21 de junio de 2017

LA CRISIS DEL ESCRITOR




El pasado 19 de junio, José de la Rosa, escritor, se desnudaba ante sus lectores. Lo hacía con un titular contundente: POR QUÉ DEJÉ DE ESCRIBIR

Está en pasado y cuenta la experiencia por la que José de la Rosa. Justo tras el título, la entradilla lo deja aún más claro.

"En septiembre de 2016 dejé de escribir, de actualizar mis Redes Sociales, mi blog, de contestar e-mails y de acudir a eventos. "


Sus razones las explica a la perfección en el artículo que puedes leer si pinchas en el titulo. Lo que quiero comentar, por lo que traigo aquí este artículo y esta reflexión, es por lo que observé en los comentarios que suscitó, al menos en el post que, como he dicho, compartí yo en Facebook.

Mi primera conclusión es que hay gente que comenta a la ligera. Gente que hablaba de un titular engañoso cuando no lo es en absoluto. Dejó de escribir. Así, como suena, porque la gente que escribimos tenemos nuestras crisis y a veces la realidad, por la causa que sea, nos supera, nos bloquea y nos acabamos preguntando si no será mejor hacer una pausa.

Aunque solo sea para coger aliento de nuevo.

La segunda conclusión es que esto no es una queja, como también se interpretó. Al menos no lo veo así, lo veo como la expresión de una realidad que hay que vivir para entender en toda su plenitud. No te estás quejando cuando dices que llegó un momento en el que no podías más. Además, lo ha hecho en su blog, no ha ido al muro de nadie a dejar sus argumentos.

Que puede parecer trivial, pero resulta que no, que es justo lo contrario de lo que hacen otros.

La tercera, la más preocupante, la gente que dijo que se sentía igual que él. Muchos eran autores que llevan ya algunos publicando y presentando muy buenos trabajos. Me sorprendió, y supongo que a él también, que el hartazgo es generalizado y que afecta mucho más a gente que ya tiene una trayectoria consistente. Gente con premios y que hacen magia con las palabras, pero que se encuentran en ese momento impreciso en el que son... 

Y aquí es donde aparece el problema: ¿qué eres cuando llegas a un determinado momento en tu carrera?

Esta mañana puse promoción de mi última novela. En digital no he conseguido que arranque. No me voy a parar a analizar por qué. No tiendo a echarle la culpa a los demás de mis fracasos, sino a mí misma, y aunque sepa que esta novela lleva remando con el viento en contra desde el primer día en digital, siempre acabaré concluyendo que la culpa, la mayor parte es mía por no ser capaz de hacerlo mejor.

A lo que iba.

Esta mañana, al promocionarla, escribí esto en el post inútil (estoy segura de que no me reportará lectores, pero es por seguir luchando contra el viento, que no se diga):

#Leeautoresindies... eso no me vale.
#Leeautoresnoveles... eso tampoco.
Me voy quedando sin hastags, pero me sigue apeteciendo compartir mis novelas.

Casi todos los autores en crisis compartían esto conmigo. No eran indies. No eran noveles. No eran superventas indiscutibles (lo que no quiere decir que algunos de nosotros no hayamos vendido mucho, que ese es otro tema). 

En esta tesitura, la crisis está servida. Te levantas un día sí y otro también diciéndote qué puñetas estás haciendo con tu vida. ¿Por qué te esfuerzas tanto escribiendo una novela? ¿Por qué la empujas? Ya no te van a leer ese grupo de lectores que leen noveles a ver si descubren a alguien. Tampoco estarás en ese grupo de autores independientes que se apoyan entre ellos. Tampoco has vendido tantísimo como para que te promocionen en tu editorial una gira estratosférica ni haces colas larguísimas en la Feria del Libro.

Yo no necesito que José de la Rosa me explique nada, porque lo estoy viviendo. Sigo en las redes, pero llevo meses postergando lo que me temo que acabará siendo inevitable. Sigo escribiendo, por supuesto. Escribo en el blog, en mis libretas, retoco, reviso... Las palabras forman parte de mí y es imposible desvincularme de ellas, pero no escribo novelas.

A las razones de De la Rosa puedo unir una más: creo que he perdido la ilusión. Esa me la daba sentirme muy arropada y muy acompañada. A lo mejor cuando te sueltas de la mano, cuando te empiezas a hacer mayor, necesitas un tiempo para adaptarte.

Quizá lo fácil es dejarse arrastrar por el canto de las sirenas que te dicen que es mejor que dediques tu vida a disfrutarla, que para eso solo hay una. Que abandones las redes. Que cierres el blog. Que le pongas siete candados al procesador de textos. Que dejes de pelear por lo que soñabas y le eches la culpa a otros por no haberlo conseguido.

O quizá hay que apretar los dientes, dejarse de idioteces, hacer tiro al blanco con las sirenas y sentarse delante de una hoja en blanco.

Y seguir, y pelear.

Quizá solo sea una etapa, una prueba a superar.

Eso nunca lo sabrás si echas el cierre y te dejas vencer. A menos que solo estuvieras en esto por los focos y no porque sea tu pasión.

Entonces estaríamos hablando de otra cosa.

Pero vaya, que entiendo a José a la perfección, tanto que cuando leí su post sentí algo entre alivio y tristeza que es difícil de explicar. Alivio por no estar sola. Tristeza porque nos pase esto. Alivio porque no me siento tan rara. Tristeza porque me consta que esta sensación a veces te vence.

lunes, 19 de junio de 2017

LA PIEL FINA

El otro día me dijeron que tengo la piel fina. Era por el post en el que hablaba de esos autores inaccesibles, que contestan según quién sea el lector. Me hablaban de que la disponibilidad de los autores no puede ser 24 horas al día, 7 días a la semana, que a veces no tienes ganas de contestar o que tal vez no tengas nada que decir.

Claro, es verdad. Puede que no tengas nada que decir (es chungo en el caso de un escritor el que se quede sin palabras, pero nos puede pasar a todos) o que no estés disponible en el momento de recibir el mensaje. Incluso puedes pasarte meses aislado del mundo escribiendo la mejor novela de tu vida, que tus lectores entenderán que tardes en contestar, pero un día te sientas y un gracias, si tienes una mínima educación, lo das. Puede que se te pase una vez una persona, pero siempre la misma... Eso ya da que pensar. No son finuras de piel, es puñetero sentido común.

Es que algo sucede.

Igual no te quieren como lector y toca entenderlo. El otro día no se me ocurrió que, dejando de leer a tal o cual autor, y dejando de comprar sus libros, tal vez sienta que le estás haciendo hasta un favor porque se libra de ti, lector cansino que le escribes para decirle que te ha gustado el libro y vas y en el colmo de la majadería haces una reseña (buena y todo) y tienes la poca decencia de mencionarlo cuando la tuiteas. Es que hay que tener la piel muy fina por sentirte mal cuando lo único que se salta ese autor al retuitear los tropecientos mil tuits que tiene ese día, es tu reseña. Quizá es que no tenga tiempo. No se puede estar disponible todos los días y a todas horas.

De verdad, sentirse ofendido por esto no es normal...

(¿Tengo que decir que esto era ironía o se entiende?)

Ojo, que no estoy hablando de hacerte amigo íntimo del escritor, que hay también quien llega con esas intenciones y ahí ya tomas tú la decisión de si trazas una línea o le dejas que la rebase. No hablo de eso, hablo del enriquecedor y simple feedback autor-lector.

Yo, como autora, contesto. A lo mejor es que no tengo medio millón de lectores, lo máximo que he vendido de una novela está en torno a los 10.000 ejemplares (entre papel y digital y sin contar la piratería de la que no puedo saber cifras) y de esos diez mil lectores, ni el 20% siente jamás el impulso de decirte nada. Pero si lo hacen, espero no ser nunca maleducada, contestar por una vía o por otra (siempre, repito, que no se venga con otras intenciones, que las ha habido y esas, como persona, eres libre de tolerarlas o no). Y matizo más, cuando llegan a ti para hablarte de tus libros y no para pedirte que te leas los suyos, así, por las bravas. Ahí sí que es verdad que suelo ser mucho más escueta.

Así que, no sé si tengo la piel fina, pero callarme lo que pienso, pues no. Que para eso aún se puede opinar. Cuando lleguen los tiempos oscuros de la censura, que tienen toda la pinta de volver por la intransigencia que se mastica últimamente, ya veremos.

Igual tampoco.

sábado, 17 de junio de 2017

NUEVOS EN CASA

No tengo tiempo ni de respirar, tengo un montón de proyectos por revisar y, como soy así de optimista con el tiempo que voy a tener, me compro más libros. En el kindle he preferido no mirar lo que hay, creo que tengo dos páginas enteras de adquisiciones de las últimas semanas; basta decir que he tenido que hacer limpieza de los leídos -y de los que sé positivamente que no leeré- porque no me cabían más.



Estos de la foto son solo los de los últimos quince días, a los que hay que sumar los de la siguiente, los del mercadillo de segunda mano (por Dios, que no venga ese puesto, que me vuelvo loca y no tengo mucho más sitio en casa). Menos mal que estos ya los he leído, algunos varias veces, pero es que siempre me entran ganas de releer.


Vamos a ver si me da el verano para leerlos o, como me pasa casi siempre, vuela entre mis manos y llega septiembre sin darme cuenta y sin haber hecho nada de nada.

viernes, 16 de junio de 2017

ESOS AUTORES INACCESIBLES

Ayer recibía, en realidad como casi todos los días, el mensaje de una lectora, para compartir conmigo por privado sus impresiones de Entre puntos suspensivos, mi última novela. Me contaba que le había gustado mucho, que le duró un suspiro -algo que valoraba como muy positivo, puesto que venía de un libro que le costó tanto que parecía no tener final- y que se había quedado enganchada con mi forma de escribir.

Y otra cosa, que seguiría haciéndolo porque le había gustado mucho que, en una historia aparentemente sencilla, aparecieran temas de fondo y frases que habían removido su conciencia.

Para mi eso es oxígeno como profesora, ver que alguien es capaz de rascar un poquito y no quedarse en la superficie de la historia. Es esperanza en el futuro, en que sigan existiendo buenos lectores. Cada vez quedan menos -por mucho que se diga que hay gente que lee, lo cierto es que de ese grupo los hay que solo recorren las letras con los ojos, no se quedan con mucho más. Solo hay que ver los comentarios que se hacen en algunos blogs de algunas novelas para darse cuenta de que no se han enterado de nada. O bueno, siempre cabe la posibilidad de que no las hayan leído -algo que en algunos casos se demostró cierto- y que solo tengan el blog abierto para que les surta de novedades literarias que después revenden. No me lo invento, mis propios libros han caído en esto.

A lo que iba, que me despisto.

Otra de las cosas que me decía esta lectora -que apareció a través de los DM de Twitter- era que me agradecía infinito que le hubiera contestado. Había autores, según ella, a los que también les había mandado sus impresiones. Algunos le habían contestado con un escueto: "Gracias. Un abrazo", respuesta de Community Manager o de alguien que no se esfuerza mucho. Otros, veía que habían abierto el mensaje pero de responderle nada de nada. Por eso, que yo le dedicase un rato, nada, cinco minutos, le sorprendió.

Tengo que confesaros que a mí me ha pasado.

Entendí a esta lectora más de lo que puede sospechar, porque hay autores que a mí no me han hecho ni caso cuando he hecho una reseña de sus libros -y eso que celebran las de otras personas que son poco más que la sinopsis con fuegos artificiales- y que si he tuiteado la reseña mencionándolos a ellos y a la editorial a la que pertenecen, me ha contestado la editorial y ellos no.

¿Por qué me pasa esto?

Yo nunca suelo tener una teoría, pero desde mi entorno me han sugerido una explicación. Hay algunos autores que deben pensar que me intento enganchar a su popularidad haciendo reseñas de sus libros. Pues nada más lejos de la realidad. Siempre he hecho reseñas desde que este blog está activo -y lo está desde hace una década- y las pienso seguir haciendo. Es verdad una cosa, hay de quien no voy a volver a leer un solo libro, lo tengo claro, porque los feos que me hacen tienen distintos niveles y algunos ya han pasado el nivel que considero yo un "hasta aquí", pero de otros... pues los leeré si alguien me presta el libro, pero no me voy a tomar la molestia de reseñarlos. Ni, esto es más importante, de comprarlos. No ha sido una ni dos veces, no se trata de un despiste, no es que no hayan contestado a nadie, es que solo me han saltado a mí, como si tuviera piojos o fuera alguien despreciable. Soy una lectora y una lectora a la que se trata con un desdén que yo no me permito con uno solo de mis lectores. Por educación, por compromiso, por lo que sea, pero nunca se me ha ocurrido hacer esto -y menos repetirlo-, porque es muy, muy feo. Y encima, cuando jamás hago reseñas negativas.

Escuchaba el otro día el lío que se montó con Isabel Allende en la Feria del Libro de Madrid. Hubo gente que soportó dos horas y pico de cola a pleno sol para que, al final, como se había acabado el tiempo, casi les arrancasen el libro de las manos, se lo dieran a la autora para que estampase únicamente su firma y ni siquiera los dejasen acercarse. Una lectora dijo en la radio que siempre la había seguido, pero que había perdido las ganas de volver a leerla. Había ido ilusionada y ni siquiera le dedicó una triste mirada.

Pues esto es más o menos lo mismo.

A mí a veces no me miran ni virtualmente, ni siquiera cuando les doy un toquecito en el hombro, regalándoles un comentario positivo de su obra.

Pues ya no, nunca más.

Y yo no, no pienso hacer eso nunca con nadie que me haya leído.

No va conmigo.



jueves, 15 de junio de 2017

PATRIA DE FERNANDO ARAMBURU



Sinopsis:

El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido, cuando volvía de su empresa de transportes? Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué pasó entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos tan unidos en el pasado? Con sus desgarros disimulados y sus convicciones inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.

Mis impresiones:

La sinopsis presenta el tema de Patria, los principales interrogantes de la novela, pero se queda muy escasa para plantearle a un lector que no haya abierto el libro qué es lo que va a encontrar. Me voy a limitar a eso, a desgranar las cosas que hacen de esta una novela diferente. Y lo voy a hacer tal y como me sucedió a mí, intentando transmitir mi experiencia lectora.

Lo primero que me llamó la atención fue que los 125 capítulos en los que está dividida la novela -todos más o menos cortos, lo que provoca que el lector se diga eso de "un poquito más" y no se tenga la sensación de tener un tocho de novela entre las manos- están titulados. Leídos los títulos ahora, tengo la sensación de que cada uno es un pequeño relato. Me han venido a la cabeza las largas listas de títulos que manejo cuando soy jurado de certámenes de narrativa.

Lo siguiente que me descolocó, la forma en la que está escrita. La novela empieza con dos párrafos narrados desde la mente de uno de los personajes: Bittori. Están en presente, en un tiempo verbal que contribuye a acercarse al lector. Pensé que sería así el libro, que ese personaje me contaría la historia de la que hablaba la sinopsis.

En la línea 9 de la novela, esto ya no era así.

Es entonces cuando el narrador sale de la cabeza del personaje y se sitúa fuera. Es un narrador omnisciente que lo sabe todo: sabe que Bittori está mirando con pena a su hija desde la ventana, no solo nos narra sus movimientos. Y de pronto, como si el lector no estuviera suficientemente descolocado, es la propia Bittori, en ese mismo párrafo, quien vuelve a tomar los mandos de la narración. A partir de aquí, el contrato con el lector, ese del punto de vista del que hablamos muchas veces, Aramburu lo establece de un modo particular. Habrá un narrador en pasado que contará partes de la trama, pero también serán los personajes los que nos hablen, intercalando diálogos con estilo directo e indirecto, cediéndose el testigo para que no quede ni una sola sombra en una historia que ha permanecido durante mucho tiempo a oscuras. Porque el miedo estaba siendo el único que salía ganando y no dejaba que se encendiera ni una luz.

Irá del presente al pasado en los verbos, pero también en la trama. Repetirá fragmentos de la historia, pero es que nosotros hacemos lo mismo: cuando algo nos marca a fuego, repetimos en nuestra cabeza esa situación una y otra vez. La visionamos como una película a la que acaban saliéndole matices que, tal vez, ni siquiera sean ciertos. Tal vez sea solo que necesitamos entender cosas que no se entienden y hay que ponerles explicaciones extra para ver si así la sinrazón cobra sentido.

Aramburu también se libera de las ataduras de la norma y juega con una sintaxis particular. De vez en cuando aparecen palabras separadas por barras que matizan una idea. Otras, las frases las deja colgadas, poniendo un punto de pronto cuando aún no han terminado de expresarse, tal y como hacemos en lengua oral. Esa lengua oral le interesa y para reflejarla en los personajes se vale de algunos recursos. Por ejemplo, el condicional lo usa en los diálogos de los personajes y en sus pensamientos, igual que se usa en Euskadi, sustituyendo al pretérito imperfecto de subjuntivo por el condicional simple. Esta incorrección creo que enriquece la narración y en el libro se nos advierte de ella, que no es un error sino algo hecho a propósito, marcando esos verbos en cursiva.

También aparecen palabras en euskera, y un glosario al final de la novela para consultar su significado. Es verdad que no todo el mundo tiene por qué saber euskera, de hecho yo no sé, pero solo he tenido que consultar algunas puntualmente, y una vez, porque las repite mucho. Esto lo cuento porque en la Feria del Libro de Madrid, mientras esperaba a que me firmase el libro, tuve que aguantar la chapa del que iba detrás del mí en la fila -gracias a Dios, no le dio por hablarme a mí, sino al que iba detrás de él-, sobre que se iba a quejar al autor por haber puesto un glosario y no notas a pie de página.

Me di cuenta de que, cuando no se tiene nada que decir, se dicen muchas tonterías en esta vida.

Bueno, no me di cuenta en ese momento, eso ya lo sé desde hace mucho. Pensé en qué le contestaría yo si un lector solo tuviera que contarme una tontuna de ese tipo relacionada con un libro como este, tan lleno de todo. Sonreí. Seguro que algo amable.

Antes he dicho que el narrador no es uno sino muchos: cada uno de los personajes importantes de esta novela ejerce ese papel en algún momento. Los principales son las dos familias que aparecen en la novela, la del Txato, el asesinado por ETA, formada por Bittori, su mujer y sus hijos Nerea y Xabier. La otra, la familia de Miren. Y es Miren la que destaco porque es la que articula ese núcleo familiar. Es la que más se radicaliza, incluso más que su marido Joxian, que no es más que un pobre hombre al que le interesan su bici y su huerto; a años luz de Gorka, el hijo pequeño, que lo que más ganas tiene es de huir del pueblo y, por supuesto, de Arantxa, la hija, que se desvincula desde el principio en todo lo que tenga que ver con la banda terrorista. Miren, sin embargo, se radicaliza cada día más y apoya a su otro hijo, Joxe Mari, que es captado por la organización cuando apenas es un niño.

Las dos familias, íntimas antes, acaban sin dirigirse la palabra cuando el Txato, empresario, empieza a ser señalado como objetivo por negarse a pagar el impuesto revolucionario. Lo paga en alguna ocasión, pero cuando empieza a pensar que es demasiado, a la banda le da igual que sea vasco de pura cepa, euskaldun de toda la vida o un buen hombre que siempre se ha preocupado por su pueblo, al que adora y de donde no se quiere marchar.

Y hablando del pueblo, a lo largo de la novela se mencionan lugares como las prisiones por las que pasa Joxe Mari, o poblaciones como Rentería o San Sebastián, pero en ningún momento -al menos yo no lo he registrado en mi mente- se dice el nombre de ese pueblo. Supongo que es inventado, que el pueblo es solo una metáfora de cualquier pueblo pequeño donde todo el mundo se conoce y donde o te significas hacia un lado o te significan los demás hacia otro. Lo he sentido como un lugar opresivo, donde nadie se siente libre del todo. Aramburu plantea la historia desde todas las perspectivas y he visto la doble victimización que sufrieron las víctimas del terrorismo, forzadas incluso a abandonar sus pueblos a pesar de que uno de sus miembros había sido asesinado, pero también he visto a familias de terroristas donde algunos de sus miembros no se libraban del miedo. Gorka, aunque no está de acuerdo, va a las manifestaciones "para dejarse ver", como un escudo protector.

La novela empieza en el momento en el que se da la noticia del abandono de las armas de la organización y la palabra clave en toda ella, lo que busca Bittori, es perdón.

Para mí la novela es un ejercicio de libertad: por un lado, narrativa, porque el autor se quita todos los prejuicios y escribe como le da gana. Es, desde luego, desde mi punto de vista lo que la hace particularmente interesante para todos los que nos apasionan las cuestiones narrativas. Rompe con todo, te descoloca los esquemas y te hace replantearte qué está bien y qué está mal. Aunque claro, al poco te das cuenta de que es solo que Aramburu tiene una voz narrativa propia y cualquier intento por emularle pasaría solo por una burda copia desvaída. Por otro, la libertad a la hora de poder contar algo que ha estado mucho tiempo hablándose solo con las ventanas cerradas y en voz bajita, como se encarga de recordarnos varias veces en la novela.

Es un poco de luz después de tantos años de oscuridad.

viernes, 9 de junio de 2017

LOCUS AMOENUS XXI

Entorné la puerta de este espacio y me asomé al espejo, despacito, allá por 2008. Nada, un poquito, lo justo para ver qué había detrás de la puerta.

No me quedé mucho tiempo.

No entendía nada, tampoco tenía internet en casa (entonces solo entraba los domingos, de prestado, desde el wifi de mi cuñado) y solo me acordaba a saltos de que había colgado un espejo en mi vida.

En 2011 algo cambió; quizá el calor de un verano que estaba abocado a ser distinto, quizá el destino, quizá que la vida te lleva siempre, siempre por donde quiere... atravesé el cristal para instalarme con comodidad aquí. Se estaba bien. Hacía un calorcito agradable, nada que ver con el bochornoso verano que estábamos viviendo. Había poca gente, de hecho la mayoría eran silenciosos visitantes que no abrían la boca, pero a mí me daba lo mismo.

Había encontrado mi hogar y empecé a decorarlo a mi gusto.

Luego, con el tiempo, entraron las visitas. Colgué una foto en la pared, de mí misma, un selfie que me hice con una cámara digital de las primeras (por eso sale media cara, porque no atiné a encuadrar con la cámara vuelta). En ese momento no encontré a nadie que me quisiera hacer una foto...


Durante un año me sentí inmensamente feliz con este blog. Me dio mucho más de lo que invertí en él. Ganas, ilusión, un principio, un espacio donde expresarme, contando lo que me apetecía. Nuevos libros y montones de palabras que prometían un futuro con mucha más luz de la que había en ese 2011. Conocí a gente que he ido conservando con el tiempo y a otra que he desconocido. La vida es siempre así, un camino donde te cruzas con gente que sigue contigo y otra que, después de un tiempo se va. Incluso sin despedirse.

Luego pasaron un millón y medio de cosas.

Buenas.

Regulares.

No tan buenas.

Principios.

Finales.

Desconcierto.

Ilusión.

Desengaño.

Vuelta a la ilusión.

...

Este verano, este 2017, quiero recuperar mi blog como lo que fue al principio: mi remanso de paz. El sitio donde fui libre de contar lo que me daba la gana (siempre con respeto, por supuesto). Que me tenía ocupada pensando en la siguiente entrada, en el libro que iba a comentar o el relato que se me acababa de ocurrir para colgarlo aquí.

Eso es lo que pienso hacer a partir de ahora. Estoy un poco más mayor, mis niños son ya grandes, tengo menos asuntos pendientes y han pasado tantas cosas entre la que fui y la que soy, que quizá se note que no soy exactamente la misma (los palos de la vida te curten y se llevan por delante a veces ese extra de entusiasmo que te mantiene con una sonrisa permanente). Quizá me he vuelto un poco más seria.



Lo que no ha cambiado es mi pelo. No es azul eléctrico, como el que se ha puesto tan de moda ahora, pero lo llevo en el mismo tono negro azulado de siempre. He pensado en cambiármelo, ahora que está tan de moda se lo cedo mejor a otras, pero para qué.

De todo lo que me rodea, creo mi pelo azul que es de lo que menos cansada estoy.

jueves, 8 de junio de 2017

EL ARTE DE PEDIR COMENTARIOS

He visto un vídeo que dice que para triunfar con tu libro tienes que pedir comentarios a tus amigos. Me he visto a mí misma abocada al fracaso, porque no me atrevo a hacer semejante cosa. No solo es por un pudor mayúsculo, es por otra cosa un poco más ridícula si cabe: nunca sabría la verdad sobre lo que escribo.

Bueno, igual tampoco la sé ahora, pero al menos sé que no la estoy manipulando de ninguna manera.

Sé que los que llegan (salvo alguno suelto por ahí, no necesariamente todos de los malos) son de verdad. Sinceros. Que cuentan lo que piensan del libro.

Una vez sí pedí un comentario, o más bien le supliqué a alguien que se leyera uno de mis libros (Boy for rent) porque no tenía ni puñetera idea de si eso era legible o no. Me lo podía parecer, pero mi nivel de inglés da para lo que da y no estaba segura.

Los demás han venido por su cuenta.

Es verdad que hace poco alguien me dijo que si yo no tenía amigos, por la escasez de comentarios que tengo con relación a las ventas y al tiempo que llevan mis libros. Me lo pregunté durante unos segundos. Después me eché a reír. En realidad, en literatura no se buscan amigos.

Se buscan lectores.